compartir sus propios procesos patentados con el resto del mundo. Ningún productor de vacunas lo ha hecho voluntariamente, y ningún gobierno ha indicado que vaya a avanzar en esa dirección.

Dada la limitada capacidad de producción del mundo, y lo recientes que son estas vacunas, es posible que compartir las patentes no aumente significativamente la oferta en este momento. Pero más adelante, a medida que la capacidad se amplíe, podría convertirse en un factor importante.

La gestión de Joe Biden anunció apoyo financiero a una empresa india, Biological E, para que aumente la producción en masa de la vacuna de Johnson & Johnson destinada a personas de otras partes del mundo. Y el gobierno dijo esta semana que enviaría hasta 60 millones de dosis de la vacuna de AstraZeneca —que Estados Unidos compró, pero no está usando— a otros países.

Pero Estados Unidos sigue muy por detrás de China y Rusia en este tipo de “diplomacia de las vacunas”.

covid hace estragos en ese país a una escala que no se ha visto en ningún otro sitio. El propio gobierno de India ha prohibido las exportaciones de vacunas, lo que obstaculiza los esfuerzos de inmunización en África.

La semana pasada, el gobierno de Biden dijo que relajaría los controles de exportación para India.

controla una patente crucial sobre un proceso utilizado en la fabricación de vacunas, y sus Institutos Nacionales de Salud ayudaron a desarrollar la vacuna de Moderna.

Todo ello da a los gobiernos un enorme poder para obligar a las empresas a trabajar más allá de las fronteras, tanto corporativas como nacionales, pero se han mostrado reacios a utilizarlo. En Estados Unidos, esto ha empezado a cambiar desde que el presidente Biden asumió el cargo en enero.

“El gobierno tiene una enorme influencia, en particular sobre Moderna”, dijo Tinglong Dai, profesor asociado de la escuela de negocios de la Universidad Johns Hopkins, especializado en gestión de la salud.

Las patentes son un área en la que los gobiernos podrían ser más agresivos a la hora de utilizar su influencia. Pero a corto plazo, dijo Dai, lo que habría tenido un mayor impacto es que los funcionarios hubieran actuado antes y con más fuerza para insistir en que las empresas que desarrollan vacunas lleguen a acuerdos con sus competidores para aumentar la producción en masa.

Ese tipo de cooperación ha resultado ser esencial.

Varias empresas indias aceptaron fabricar la vacuna rusa Sputnik. Sanofi, que ya participa en la producción de las inoculaciones de Pfizer-BioNTech y Johnson & Johnson, llegó recientemente a un acuerdo con Moderna para trabajar también en su vacuna. Moderna ya tenía acuerdos con otras tres empresas europeas.

El gobierno de Biden presionó a Johnson & Johnson para que en marzo reclutara a su competidor, Merck, para producir su vacuna, y el gobierno se comprometió a destinar 105 millones de dólares para acondicionar una planta de Merck en Carolina del Norte con ese fin.

El expresidente Donald Trump se negó a invocar la Ley de Producción de Defensa para dar a los fabricantes de vacunas un acceso preferente a los materiales que necesitaban, un paso que Biden ha dado.

AstraZeneca como Johnson & Johnson, dos de las mayores empresas farmacéuticas del mundo, se encontraron con graves problemas de producción con sus vacunas para la COVID-19, lo que supone una lección de los retos que supone pasar de la nada a cientos de millones de dosis.

Además, las vacunas de Pfizer-BioNTech y Moderna se basan en un fragmento del código genético del coronavirus llamado ARN mensajero o ARNm. Hasta el año pasado, este proceso nunca se había utilizado en una vacuna de producción masiva. Requiere equipos, materiales, técnicas y conocimientos diferentes a los de las vacunas estándar.

Las vacunas de ARNm encierran el material genético en “nanopartículas lipídicas”, burbujas microscópicas de grasa. Pocas instalaciones en el mundo tienen experiencia en la producción en masa de algo comparable. Las vacunas también requieren temperaturas ultrafrías, lo que, según los expertos, limita su uso —al menos por ahora— a los países más ricos.

Muchas empresas farmacéuticas insisten en que podrían asumir esa producción, pero los expertos afirman que probablemente necesitarían mucho tiempo e inversión para prepararse, algo que Stéphane Bancel, director ejecutivo de Moderna, señaló en febrero en una audiencia del Parlamento Europeo.

Incluso contratando a empresas muy avanzadas para hacer el trabajo, dijo Bancel, Moderna tuvo que pasar meses esencialmente desbaratando sus instalaciones, reconstruyéndolas según las nuevas especificaciones con nuevos equipos, probando y volviendo a probar ese equipo y enseñando a la gente el proceso.

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